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....donde mis besos anclan y mi húmeda ansia anida....


Me pediste pasear por el parque, el otoño había desgranado insolente las hojas de los arboles, el sol de esa tarde acariciaría con suavidad tu rezumante y deseosa piel. Te había disfrutado como tantas veces, había sacado de ti silencios sonoros, había arrancado de cada poro de tu piel la esencia de mi deseo y me sentía satisfecho y complacido. Persistía en mi, ese olor tuyo que me embriaga cuando tu mirada se pierde en tu interior, cuando brilla, cuando la fiera salvaje aparece en ella para ser conquistada. Relucían en mi mano las pinzas nuevas, ese brillo metálico, frio, pesado, inerte, notaba como vibraban, como parecían tomar consciencia de su cometido ante tus pezones erizados, tiesos, tantas veces mordidos con mis dientes, tantas veces succionados por mis labios hasta hacerlos crecer a un tamaño insospechado, hasta enrojecerlos de ira y ahora estaban ahí ciegos, pacientes. Me contuve de pellizcarlos, de palparlos, me costo un gran esfuerzo contenerme, tan cerca, tu olor. Las pinzas se posicianoran en su lugar, primero su frialdad en roces circulares, sin prisas, dibujando un horizonte que tomaba forma en tu mente, perfilando un paisaje que sabias que llegaría, como un boceto de tu deseo, de mi placer. Sudabas ante esa quietud incierta, me perfumadas, aguantabas ese momento, vibrando, dudando, las pinzas se consolidaban, escuchabas sus gemidos al abrirse, su risa ronca, y la caricia aspera de sus dientes que comenzaban a morder en plano, la punzada intensa al soltarlas yo de golpe, tantas veces sentida, tantas veces entrenada y todavía no te habías acostumbrado, y la punzada recorría tu cuerpo, tu espalda hasta que fue suavizandose a la vez que tus labios, tus pómulos recobraban el gesto apacible, su natural color. No paso mas, fue suficiente, te vestiste con cuidado, acomodaste las pinzas entre la ropa y la piel y salimos al parque, recorrimos el paseo central, nos dejamos adormecer por el viento cálido que advertía de lluvia en el banco frente al estanque. Y buscamos el murete, nuestro muro donde tantas veces apoyada me ofreciste grandes momentos y de nuevo fue así, de nuevo tu piel fue descubierta, tus agujeros penetrados, tus cara serena exhibida a los transeuntes, como en un guiñol...


2 comentarios:

Anónimo

quien fuera ese guiñol en sus manos, sentirse asi de amada y usada al mismo tiempo, enfrentada a esa pasion, a ese miedo, a ese deseo...
y al final, poder disfrutar de esa entrega, de haber sido suya...

"adiosito" señor

Daryus

Siempre me haces sonreir maria luisa :)) Ya sabes lo que dicen, no deses las cosas con mucha intensidad que pueden hacerse realidad. Besitos